LA COLONIZACIÓN SILENCIOSA DE LAS PANTALLAS: anatomía de una dependencia prescindible

Algunos crecimos sin “teléfonos inteligentes”[1], llamando a las puertas y a los portales de quienes queríamos contactar o acudiendo allí donde esperábamos encontrarlos. También marcábamos los números introduciendo el índice en un disco con diez agujeros —uno para cada número del cero al nueve— que hacíamos girar en el sentido de las agujas del reloj para señalar cada cifra y, con una prolongación de aquel aparato apoyada en la cara, hablar y escuchar al interlocutor. Después llegaron los teléfonos móviles, casi como si fueran aparatos satelitales: grandes, pesados y limitados a una función elemental consistente en llamar y recibir llamadas. Con el tiempo, aquel medio de comunicación portátil ha terminado por absorber tareas muy distintas y por ocupar tiempos y espacios que antes quedaban fuera de su alcance. En él se concentran información, ocio, comunicación, trabajo, distracción y, con frecuencia, también una forma de dependencia difusa que no siempre adopta los rasgos de la adicción clínica, aunque sí modifica hábitos, ritmos y umbrales de atención.

La literatura científica más prudente no suele hablar, en sentido estricto, de “adicción al teléfono móvil”, sino de “uso problemático del smartphone”, porque no todo uso intenso constituye una dependencia clínica y también porque bajo esa fórmula se agrupan conductas muy distintas: la consulta compulsiva de mensajes, la navegación interminable por redes sociales, el consumo pasivo de vídeos o la incapacidad de apartar el dispositivo incluso cuando otra tarea exige atención plena (Elhai et al., 2017). Esta cautela terminológica no es formulada para rebajar la importancia del problema; al contrario, es una invitación a pensarlo mejor. Una revisión sistemática y metaanálisis en niños y jóvenes de BMC Psychiatry (Sohn et al., 2019) encontró asociaciones entre uso problemático del smartphone y peores desenlaces de salud mental, y otra revisión sistemática reciente sobre infancia y adolescencia de la European Child & Adolescent Psychiatry (Girela-Serrano et al., 2024) concluyó que existe evidencia sugestiva, aunque todavía limitada, de que un mayor uso de móviles y otros dispositivos inalámbricos puede asociarse con peor salud mental.

Ese matiz importa especialmente cuando se habla de menores —lo que no resta importancia al resto de mortales—, porque es ahí donde el debate público suele deslizarse con mayor facilidad hacia el exceso, motivado por lo imprescindible que se ha hecho el teléfono móvil para este sector poblacional liderado por los adolescentes. El debate público suele moverse entre el alarmismo y la condescendencia, dos lecturas que la evidencia clínica no respalda de forma concluyente. Lo que muestra, más bien, es un fenómeno complejo, heterogéneo y difícil de medir, pero demasiado consistente como para ser despachado con ligereza; el problema no parece reducirse a una simple suma de horas frente a la pantalla, más bien depende también del tipo de uso, del contexto en que se produce y de la vulnerabilidad previa del niño o del adolescente (Girela-Serrano et al., 2024). En esa dirección apunta también un estudio de cohorte mixto con adolescentes británicos de 13 a 16 años (Carter et al., 2024), en el que el aumento de las puntuaciones de uso problemático del smartphone se acompañó de mayores síntomas de ansiedad, depresión e insomnio. No se trata, por tanto, de una guerra moral contra la tecnología[2], sino de una pregunta más incómoda y más seria: en qué momento una herramienta deja de servir a quien la usa y empieza a organizar su malestar.

En El arte de cuidar la mente (Valero, 2025) se exponen, argumentan y referencian diversos aspectos sobre el impacto que la información ejerce sobre nosotros y sobre la manera en que nos condiciona, desde la preparación necesaria para recibirla —y, sobre todo, comprenderla—, hasta la capacidad y los medios disponibles para localizarla, pasando por los sesgos que intervienen en su procesamiento[3]. Por este motivo, no nos detendremos aquí en juicios morales ni en factores propios del ámbito de las ciencias del comportamiento, pues en dicha obra el lector encontrará cuanto necesita para comprender mejor la realidad e interactuar con ella de manera más lúcida. Así, una herramienta como internet, accesible para cualquiera a través de un simple smartphone, podría convertirse en una fuente de conocimiento inmensamente superior a la Biblioteca de Alejandría; sin embargo, en la mayoría de los casos —más allá de su función comunicativa— se utiliza como mero instrumento de distracción (e, incluso, de idiotización). Basta asomarse a las redes sociales, incluidas aquellas que se pretenden profesionales o serias, para comprobar hasta qué punto muchos han hecho del Perogrullo una profesión, difundiendo contenidos en su mayor parte irrelevantes y ofreciendo consejos desligados de los factores que los condicionan. Esa información, además, ni suele ser enriquecedora ni está individualizada; no educa ni instruye. «En este contexto aparecen conceptos como la infoxicación, o saturación de información que dificulta y confunde su procesamiento; la infodemia, o aumento masivo de información cuantitativa (pero no cualitativa) sobre un tema que puede resultar contradictorio; y el astroturfing, o estrategia mediante la cual se pretende convencer a otros a base de testimonios y acciones orientadas con fines propagandísticos, sin importar que la información que se vierta sea falsa o compuesta por medias verdades» (Valero, 2025).

En adultos, la literatura es menos uniforme, aunque tampoco autoriza lecturas complacientes. Una revisión de diversos estudios con enfoque psicológico (Thomée, 2018) encontró asociaciones entre uso frecuente del móvil, síntomas depresivos y alteraciones del sueño, sobre todo cuando el dispositivo invade el final del día y desplaza el descanso. A esa dificultad se añade otra, casi siempre olvidada en la discusión pública: medir bien el problema. Un metaanálisis sobre medios digitales (Parry et al., 2021) mostró que la correspondencia entre el uso autoinformado[4] por los participantes y el uso realmente registrado por los dispositivos es solo moderada, y que las medidas de “uso problemático” se relacionan todavía peor con los registros objetivos. Dicho de otro modo, la discusión seria no puede sostenerse sobre mantras o frases simples acerca del “exceso de pantallas” sin preguntar antes qué se hace en esas pantallas, con qué frecuencia, con qué compulsividad y con qué consecuencias funcionales. El problema empieza cuando el móvil, además de ocupar un tiempo precioso que podríamos dedicar a otras actividades, desordena la vida.

Es necesario señalar en este punto las consecuencias que se producen a nivel fisiológico, puesto que la factura no se cobra solo en la esfera psíquica. También el cuerpo paga los costes de hábitos que, por repetición, terminan normalizándose. Uno de los efectos físicos mejor documentados es el dolor cervical. El trabajo de Hansraj (2014) modelizó cómo aumenta la carga sobre la columna cervical cuando la cabeza se inclina hacia delante, adoptando el cuello una posición de flexión mantenida al mirar la pantalla; más tarde, un metaanálisis reciente (Chen et al., 2025) concluyó que quienes sobreutilizan el smartphone presentan un riesgo significativamente mayor de dolor de cuello que quienes no lo hacen, aunque con heterogeneidad elevada entre estudios. Lo razonable, por tanto, no es hablar de una devastación anatómica inevitable, sino de una sobrecarga musculoesquelética repetida y clínicamente relevante, favorecida por la flexión mantenida del cuello, la anteriorización cervical y la permanencia en posturas poco ergonómicas.

A esa dimensión postural se suma la visual. Las pantallas pequeñas exigen una fijación prolongada a corta distancia, reducen el parpadeo espontáneo y favorecen síntomas que forman ya parte del paisaje cotidiano de millones de usuarios: fatiga ocular, visión borrosa, escozor, sequedad. La revisión sistemática con metaanálisis de Wang y colaboradores (2020) concluyó que un uso más prolongado del smartphone podía aumentar la probabilidad de síntomas visuales en niños y adultos jóvenes. En un plano próximo, otro metaanálisis anterior (Wang et al., 2017) halló una asociación entre uso de telefonía móvil y cefalea, aunque apoyada sobre todo en estudios transversales, lo que impide convertir esa relación en una causalidad lineal y simple, pero no autoriza a desestimar los hallazgos. El cuadro general no justifica interpretaciones alarmistas, pero tampoco permite relegar estas molestias al rango de simple anécdota cotidiana, como si se tratara de una manifestación menor e irrelevante de la vida moderna.

El sueño completa ese triángulo de desgaste. Una umbrella review reciente de la Revista Internacional de Investigación Ambiental y Salud Pública (Fiore et al., 2025) concluyó que el uso de dispositivos digitales se asocia de forma globalmente desfavorable con el sueño adolescente, sobre todo en duración del descanso, latencia de inicio y postergación de la hora de acostarse. En la misma línea, un metaanálisis específico de la prestigiosa Revista de Trastornos Afectivos sobre teléfono móvil y trastornos del sueño (Zhang et al., 2022) encontró una relación positiva de magnitud débil a moderada, especialmente en adolescentes. El problema, por tanto, no es solo que el teléfono robe tiempo; es que puede invadir funciones básicas del organismo. Cuando el teléfono ocupa el periodo previo al sueño, se convierte en un estímulo activador que prolonga la latencia de inicio, empobrece la calidad del descanso y favorece el deterioro funcional posterior[5].

Lo verdaderamente serio, sin embargo, no radica en cada síntoma por separado, sino en la convergencia acumulativa de sus efectos. Una mala noche puede parecer anecdótica, una contractura cervical soportable, un dolor de cabeza rutinario y un poco de ansiedad explicable. Pero cuando un mismo objeto se asocia de forma reiterada con mayor malestar psicológico, peor sueño, más carga cervical y fatiga visual recurrente, deja de ser una mera comodidad técnica para convertirse en un posible mediador constante del deterioro cotidiano. Esa es la razón por la que el fenómeno debería describirse menos como un problema de autocontrol y más como una forma de uso desregulado que interfiere con actividades elementales de la vida diaria: dormir, atender, leer, conversar, trabajar, descansar o simplemente permanecer fuera de la órbita de la pantalla (Elhai et al., 2017; Thomée, 2018; Fiore et al., 2025). El papel del teléfono móvil deja entonces de ser instrumental y pasa a ser intrusivo.

La corrección de este problema rara vez comienza con gestos radicales; la salida más seria no pasa, por eso, por una solución maniquea de renuncia ni por el gesto de borrar aplicaciones para evitar la tentación. Empieza con algo bastante más eficaz: rediseñar el entorno de uso. Un ensayo controlado aleatorizado publicado en la Revista Internacional de Salud Mental y Adicciones (Olson et al., 2023) mostró que una intervención breve basada en pequeñas fricciones deliberadas o nudges[6] —desactivar notificaciones no esenciales, pasar la pantalla a escala de grises, dificultar el acceso inmediato a ciertas aplicaciones y otras medidas similares— redujo el uso problemático del smartphone y el tiempo de pantalla; en uno de sus estudios, además, mejoró la calidad del sueño. La relevancia de este hallazgo es práctica, ya que no hace falta recurrir a una abstinencia total para empezar a corregir el problema; en muchos casos basta con rediseñar el entorno inmediato del hábito y dificultar, aunque solo sea ligeramente, la secuencia de recompensa rápida que convierte el móvil en un reflejo manual y atencional. Pero esa corrección conductual debe ir acompañada de una respuesta física, porque parte del daño se inscribe en el cuerpo.

La revisión sistemática con metaanálisis publicada en la revista internacional Pain Practice (Frutiger & Borotkanics, 2021) mostró que una intervención de ejercicio físico adaptado y de higiene postural —por ejemplo, mediante la modificación del entorno de trabajo— se asocia con mejoras significativas en el dolor cervical autoinformado. Este resultado coincide con el trabajo de Louw y colaboradores (2017) en trabajadores de oficina con dolor cervical, donde el fortalecimiento de esta musculatura junto con la escapular y del hombro, acompañado de ciertos ajustes ergonómicos, se vinculó con reducciones del dolor y de la discapacidad, aunque la certeza global de la evidencia siguiera siendo baja o moderada. Extrapolado con prudencia al contexto del smartphone, este conjunto de hallazgos permite formular tres recomendaciones razonables: interrumpir con frecuencia las posturas mantenidas, elevar el dispositivo para reducir la flexión sostenida del cuello y trabajar la resistencia de cuello, hombros y cintura escapular[7]. A ello puede añadirse una higiene visual sencilla. Un estudio experimental sobre la regla 20-20-20[8] (Talens-Estarelles et al., 2023) mostró que hacer pausas regulares de este tipo reduce síntomas de fatiga visual digital y de ojo seco, aunque no constituye una solución total.

La conclusión más prudente es también la más sólida: menos notificaciones, menos uso nocturno[9], teléfono fuera del dormitorio, pausas frecuentes, más movimiento y una ergonomía mejor pensada. Permítame trasladar una experiencia personal. Durante la escritura de mis cuatro libros y, sobre todo, durante la búsqueda de información para ellos, tenía que ponerme alarmas para echarme colirio, porque la atención sostenida a la pantalla —habitualmente con varias pestañas abiertas y publicaciones científicas en inglés y español— y al desorden de papeles y libros abiertos que se amontonaban sobre el escritorio acababa absorbiendo por completo mi atención. Por eso también tuve que ponerme otra alarma para empezar a desconectar poco a poco, dejar el ordenador y el papel e iniciar una transición deliberada hacia el descanso, una suerte de vuelta a la calma que me permitiera llegar a la cama con un nivel de activación ya más bajo y en mejores condiciones para dormir.

Volvamos al meollo. En esa misma línea anterior, una revisión exploratoria de la literatura científica publicada recientemente en el Journal of Clinical Medicine sobre text neck[10] (Piruta & Kułak, 2025) indica que las intervenciones fisioterápicas más prometedoras dependen de la combinación de intervenciones como la corrección postural, estabilización cervical, fortalecimiento, estiramientos y educación ergonómica. La respuesta física más razonable no pasa, por tanto, por buscar un ejercicio aislado que “arregle” el cuello, sino por reorganizar a la vez el control motor, la resistencia muscular y la exposición postural. Es decir, el abordaje de la terapia basada en ejercicio físico debe realizarse incidiendo en la identificación y corrección del mecanismo lesivo, no solo en el alivio de la sintomatología. Por ello, dedicaremos la última parte de este texto a este tipo de intervenciones.

Dentro de ese marco, hay tres líneas de trabajo particularmente sólidas. La primera es el entrenamiento de los flexores cervicales profundos, puesto que en ensayos clínicos ha mostrado mejorías en dolor, resistencia muscular y discapacidad funcional cuando se añade a ejercicios convencionales[11] (Iqbal et al., 2021). La segunda estrategia contempla el refuerzo de la musculatura escapular y cervicoescapular, ya que la región cervical no funciona al margen de la escápula y del hombro, y parte de la carga acumulada durante el uso prolongado del smartphone depende precisamente de esa relación biomecánica (Chen et al., 2024).

La tercera es la reducción deliberada de la flexión mantenida mediante pausas frecuentes y una colocación más alta del dispositivo, algo compatible tanto con la lógica biomecánica general como con ensayos en usuarios del smartphone con cabeza adelantada, en los que los ejercicios cervicales modificados mejoraron variables posturales y de movilidad cervical; es decir, programas combinados de corrección postural, estabilización cervical, fortalecimiento, estiramientos y educación ergonómica (Piruta & Kułak, 2025). Extrapolado con prudencia, el núcleo de la recomendación queda bastante claro y en consonancia con lo anteriormente citado: menos tiempo en flexión sostenida, más pausas, más resistencia de cuello y cintura escapular y una ergonomía menos hostil para la columna cervical. Estas medidas, solo en apariencia sencillas, son, según la evidencia disponible, bastante más útiles que cualquier retórica de catástrofe o que cualquier promesa de corrección instantánea a base de snake oil, bálsamo de Fierabrás o algún otro remedio milagroso.

Veamos algunas estrategias que pueden ser útiles en esta patología del mundo moderno, sin olvidar que, tal y como podemos leer en El arte de cuidar de nuestro cuerpo, «nuestra capacidad de respuesta individual será lo que condicione la programación y desarrollo del programa que debemos seguir, para lo cual es necesario definir y concretar los estímulos en función de nuestras posibilidades sin olvidar que estas no son estáticas, es decir, un buen programa logrará que avancemos estableciendo mejoras, lo que requerirá siempre de una evaluación individual continua según el momento en el que nos encontremos» (Valero, 2026).

  1. Flexión craneocervical (chin tuck): ideal para fortalecer los flexores profundos del cuello, consiste en llevar suavemente la barbilla hacia dentro, como si quisieras alargar la nuca, sin flexionar la cabeza hacia abajo. La mirada debe seguir al frente y el cuello mantenerse largo, sin encoger los hombros. Mantén esa posición unos segundos y vuelve despacio al punto de inicio. El movimiento es corto y suave; no se trata de inclinar la cabeza, sino de retraerla. Es el ejercicio más claramente ligado al trabajo de los flexores cervicales profundos y se usa para mejorar control motor, dolor y resistencia cervical.
  2. Isométricos cervicales: consistentes en empujar suavemente la cabeza contra la mano o contra una resistencia fija sin que haya movimiento visible, en flexión, extensión, inclinación lateral y rotación. La mano, aunque constituye el recurso más sencillo y accesible, no ocupa la posición más adecuada, ya que esa resistencia rara vez se mantiene constante. Aun así, puede ser un elemento válido si se utiliza correctamente, del mismo modo que las gomas o bandas elásticas cuando se emplean en trabajo isométrico para favorecer una estabilización cervical óptima.
  3. Retracción escapular: colocamos los hombros en flexión hasta que estén las manos y codos a la altura de estos, con el brazo totalmente extendido, y llevamos los hombros hacia atrás juntando suavemente los omóplatos, como si quisiéramos acercarlos entre sí. No se debe elevar la escápula (subir los hombros hacia las orejas) ni arquear en exceso la espalda. Mantén la contracción unos segundos con el pecho abierto y luego relaja despacio. El movimiento debe ser controlado y sin dolor, buscando notar el trabajo en la parte alta de la espalda. Dicho esto, añadir que este ejercicio es mucho más efectivo trabajando frente a una resistencia, como pueda serlo una banda elástica, un TRX con adecuada posición de nuestro cuerpo o una polea en el gimnasio. Si queremos instalar adaptaciones adecuadas, tenemos que atender al nivel de condición de cada cual, puesto que, recurriendo de nuevo a un fragmento de El arte de cuidar de nuestro cuerpo, «cada sujeto posee una serie de atributos tanto fisiológicos como psicológicos que requieren un abordaje específico, entre los que encontramos atender al potencial, sus habilidades y destrezas, experiencia y rendimiento del mismo, así como características y exigencias del EF que se pretende realizar. Para aplicar con éxito este principio y realizar una adaptación rigurosa del entrenamiento a las singularidades del practicante, es necesario desarrollar estrategias tangibles. Para ello, no solo se requiere conocer la metodología de trabajo a seguir, sino también comprender y satisfacer las características individuales que serán responsables del desarrollo de cada sujeto, teniendo en cuenta sus particularidades» (Valero, 2026).
  4. Elevaciones en “Y”, “T” o “W” en decúbito prono o de pie: este ejercicio lo realizaremos con muy poca carga o, preferentemente, sin ella[12]. Se trata de variantes habituales para trapecio medio e inferior y control escapular. En cualquiera de ellas, lo importante es mover los brazos sin subir los hombros hacia las orejas, sin arquear la zona lumbar y sin hacer trampas con impulso. Vamos con cada uno de ellos. La elevación en “Y” se hace colocando los brazos por delante y en diagonal, como si quisieras dibujar una Y por encima de la cabeza. Desde ahí, levantas los brazos suavemente manteniéndolos estirados, sin encoger los hombros, y luego bajas despacio. La elevación en “T” se hace con los brazos abiertos a los lados, a la altura de los hombros, formando una T con el cuerpo; desde esa posición, los elevas un poco y vuelves a bajar de forma controlada. La elevación en “W” se hace con los codos doblados y algo separados del cuerpo, de manera que los brazos dibujen una especie de W; después llevas los codos y las manos ligeramente hacia atrás, juntando un poco las escápulas, y vuelves despacio. La sensación debería notarse en la parte alta y media de la espalda, no en el cuello. Su objetivo principal es mejorar el trabajo del trapecio medio e inferior y ayudar a que la escápula se mueva y se estabilice mejor. La “Y” enfatiza más la parte inferior del trapecio, la “T” la parte media y la “W” combina estabilidad escapular con mejor control del hombro. Se hacen despacio, con poco peso y cuidando mucho la postura. Su valor está en la calidad del movimiento, no en la intensidad.
  5. Trabajo de serrato anterior: por ejemplo, pueden emplearse empujes escapulares contra la pared —en protracción— o variantes suaves de wall slides. También aquí conviene recordar la condición de partida de cada sujeto y el principio de individualización, ya que una misma propuesta puede resultar suficiente para unos e insuficiente para otros. A medida que desciende el punto de apoyo de las manos —esto es, cuando la superficie de apoyo se coloca más abajo— aumentan tanto la intensidad del ejercicio como la coordinación intermuscular exigida, al entrar en juego con mayor claridad otros grupos musculares, entre ellos la faja lumboabdominal. Una variante más exigente consiste en realizarlo con los pies elevados sobre una superficie, hasta quedar aproximadamente a la altura de la cabeza, con las manos apoyadas en el suelo y el cuerpo horizontal, paralelo al suelo.
  6. Movilidad torácica: aquí se abre un repertorio amplio de ejercicios orientados a las extensiones torácicas suaves y a la apertura del tórax. Incorporados a la metodología ya propuesta, permiten configurar una programación combinada particularmente adecuada para el abordaje del conjunto cervicotorácico. No es casual que la evidencia tienda a estudiar ese trabajo como un bloque de intervención escapular, más que como la suma de ejercicios aislados.
  7. Pausas posturales frecuentes. No constituyen un ejercicio en sentido estricto, pero sí una medida higiénica fundamental, ya que exigen tomar conciencia de las posiciones inadecuadas, interrumpir la flexión mantenida, variar la postura y recolocar el dispositivo a una altura más favorable.

Como hemos podido leer, el problema no depende únicamente del número de horas frente al dispositivo. A fortiori, las pantallas deben conservar una escala proporcionada dentro de la vida cotidiana, y cualquier reflexión sobre ellas exige matizar el carácter de su uso. El problema aparece cuando ese uso, prolongado y desordenado, alcanza ámbitos de la vida diaria que deberían permanecer reservados al descanso, al silencio, a la atención sostenida, al movimiento y a la lectura en papel[13], e incluso modifica el umbral a partir del cual una molestia deja de percibirse como señal y empieza a aceptarse como costumbre. Ahí reside la gravedad del problema. Se advierte en la facilidad con que una herramienta útil acaba instalándose en funciones que deberían permanecer bajo un gobierno más consciente. Una cefalea esporádica, algunas noches aisladas con peor calidad —y también menor cantidad— de sueño o una contractura cervical ocasional no resultan, por separado, lo más inquietante; lo preocupante aparece cuando forman parte de una acumulación de síntomas vinculados con el uso dependiente del dispositivo y con la creciente dificultad para apartarse de él. Hay hábitos cuya persistencia depende, precisamente, de que hayan dejado de parecernos extraños; llegado a ese punto, se vuelve necesario identificar el momento en que una herramienta útil empieza a alterar de forma negativa y persistente la calidad de vida. La evidencia disponible invita a corregir hábitos, posturas y contextos de uso con más precisión que dramatismo. En ello se juega, en buena medida, la posibilidad de que el smartphone siga siendo un instrumento y no un agente que intervenga tanto en nuestra vida.

Alejandro Valero.

Bibliografía:

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[1] De ahora en adelante, utilizaremos el anglicismo smartphone o, simplemente, móvil para designar a estos dispositivos, inicialmente conocidos como teléfonos móviles, para que el lector encuentre más familiaridad con el sustantivo —aunque, si nos ponemos rigurosos, lo correcto sería usar el término “teléfono inteligente”—.

[2] Aquí me veo obligado a realizar una apelación por la gestión responsable del manejo de la tecnología, ya que el debate constructivo está aquí y no en el maniqueísmo de si tecnología sí o no.

[3] En la obra citada también se expone cómo nuestra comprensión de la realidad queda condicionada por los límites de nuestro conocimiento y por nuestros propios sesgos.

[4] Es decir, el uso que los propios participantes dicen que hacen del móvil o de los medios digitales, normalmente mediante cuestionarios, estimaciones o respuestas del tipo “uso el teléfono unas tres horas al día”. Se contrapone al uso registrado de forma objetiva por el dispositivo, esto es, al que queda medido automáticamente.

[5] Aquí vamos de nuevo. En El arte de cuidar de nuestro cuerpo encontrará un capítulo dedicado por entero al sueño, donde se abordan las principales estrategias no farmacológicas con respaldo científico para mejorar la calidad del descanso. Porque «digamos, grosso modo, que dormir también es un proceso necesario para estar despierto (apelemos a la polisemia aquí, puesto que por estar despierto no solo se quiere indicar en no estar dormido, sino también el estar lúcido), influyendo muy directamente con nuestro estado de salud, tanto para bien como para mal» (Valero, 2026).

[6] Es decir, una intervención breve que recurre a pequeños empujones conductuales para modificar el entorno en el que se toman decisiones.

[7] Los resultados de una revisión sistemática con metaanálisis publicada en la revista Ergonomía Aplicada (Jones et al., 2024) sugieren que el ejercicio físico, realizado con una frecuencia mínima de tres veces por semana, puede reducir de forma significativa las puntuaciones de dolor y discapacidad.

[8] La regla 20-20-20 consiste en apartar la vista de la pantalla cada 20 minutos y mirar durante 20 segundos a un punto situado a unos 6 metros (concretamente, la distancia son 20 pies, de ahí el término designado para esta técnica). Se propone como una medida sencilla para reducir la fatiga visual asociada al uso continuado de pantallas.

[9] Y, ya que nos ponemos, mejor uso; es decir, introduzcamos el componente cualitativo además del cuantitativo.

[10] Text neck es el término que se utiliza para denominar la sobrecarga o molestia que aparece en el cuello por mantener durante mucho tiempo la cabeza inclinada hacia delante al mirar el móvil u otras pantallas.

[11] Conviene añadir, además, una cautela importante: la relación entre flexión cervical y dolor no parece explicarse de forma simple ni lineal, de modo que el cuadro debe entenderse dentro de una interacción más amplia entre carga postural, descanso insuficiente, baja actividad física y exposición mantenida (Correia et al., 2025).

[12] Como ocurre al cocinar un plato nuevo, ante la duda conviene quedarse corto con la sal, porque siempre hay tiempo de añadir un poco más después; lo que ya no tiene remedio es empezar con exceso y arruinar el plato.

[13] Cuando leemos o escuchamos el enunciado «hay que leer», rara vez se precisa qué merece realmente la pena ser leído, como si la lectura, por el mero hecho de serlo, fuese siempre placentera, gratificante y enriquecedora. No necesariamente. También puede resultar perjudicial si nos instala en razonamientos muy alejados de la realidad; y la literatura kitsch tampoco constituye una elección recomendable. Déjeme decirle, querido lector, que «el pensamiento crítico nace del conocimiento y de su comprensión; y debemos ejercitarlo, sobre todo en un contexto social donde se exige más sentir que pensar, con la ideología ganándole terreno a la razón. Favorecer la adherencia a una práctica es herramienta imprescindible para que esa práctica arroje sus frutos» (Valero, 2024).

Cómo citar este artículo:

Valero, A. (2026). La colonización silenciosa de las pantallas: anatomía de una dependencia prescindible. Alejandro Valero García, disponible en:  https://alejandrovalerogarcia.com/la-colonizacion-silenciosa-de-las-pantallas-anatomia-de-una-dependencia-prescindible/

Este texto forma parte de una línea de trabajo más amplia, desarrollada íntegramente por Alejandro Valero. Si lo compartes, utilizas o citas, se agradece la referencia a la autoría y al contexto original. La publicación pertenece a un proyecto mayor de investigación, escritura y divulgación; para trabajos personalizados, ampliaciones, adaptaciones o desarrollos específicos, puede solicitarse colaboración profesional contactando con el autor.