En los últimos años, la salud digestiva ha empezado a examinarse también a la luz de factores que desbordan la descripción local del síntoma. Entre ellos figuran, con distinto grado de respaldo, tanto el ejercicio físico como la interacción entre intestino y cerebro. Este artículo revisa ambos planos desde una perspectiva prudente, atendiendo menos a las simplificaciones de moda que al verdadero alcance de la evidencia disponible.
La relación entre ejercicio físico y salud digestiva debe formularse con cautela, porque sus efectos no son homogéneos y dependen tanto del plano de análisis como del contexto clínico. Desde una perspectiva fisiológica, la evidencia disponible indica que la microbiota intestinal participa de forma relevante en la regulación metabólica e inmunitaria del huésped y que puede intervenir en los mecanismos propuestos del denominado eje intestino-músculo. En humanos, el ejercicio físico puede modificar la composición y la función de la microbiota intestinal, aunque la magnitud y la dirección de estos cambios dependen del estado metabólico basal, del tipo de entrenamiento, de la duración de la intervención y del control dietético del protocolo (Allen et al., 2018; Clauss et al., 2021; Clarke et al., 2014; Ticinesi et al., 2019).

Dentro de este marco, el ejercicio de resistencia aeróbica es la modalidad que con mayor frecuencia se ha asociado a una microbiota intestinal más diversa dentro de cada individuo —es decir, con mayor variedad y mejor distribución de microorganismos— y a perfiles funcionales potencialmente favorables, incluidas rutas relacionadas con la producción de ácidos grasos de cadena corta. No obstante, esta asociación no es uniforme entre cohortes y puede verse modulada por variables como el volumen de entrenamiento, la ingesta proteica, el nivel competitivo y las características basales de la población estudiada.
Desde una perspectiva mecanicista, uno de los hallazgos más sugerentes procede de un estudio que analizó de forma integrada la composición y la actividad funcional de la microbiota en deportistas de élite, en el que se describió una posible vía vinculada al rendimiento físico: bacterias del género Veillonella, en particular Veillonella atypica, pueden utilizar el lactato derivado del ejercicio y convertirlo en propionato. En modelos experimentales, este mecanismo se asoció con una mejora del tiempo de carrera, lo que aporta una prueba sólida de plausibilidad biológica, aunque su extrapolación clínica a poblaciones generales exige prudencia y replicación adicional. Por su parte, la evidencia sobre entrenamiento de fuerza sigue siendo menos consistente que la disponible para resistencia aeróbica en relación con cambios globales de diversidad microbiana (Estaki et al., 2016; Hughes & Holscher, 2021; Scheiman et al., 2019; Wagner et al., 2024).
Junto a estos efectos potencialmente favorables, también conviene recordar que la respuesta intestinal al ejercicio depende de la dosis y del contexto fisiológico. La actividad física regular se ha asociado a una modulación inmunitaria intestinal compatible con un perfil microbiano potencialmente más favorable, pero cuando la carga de ejercicio alcanza niveles extremos, sobre todo en contextos de estrés térmico, deshidratación o recuperación insuficiente, puede aumentar el riesgo de alteración de la barrera intestinal y de respuestas inflamatorias adversas. En estas circunstancias, también puede aumentar el paso a la circulación de componentes bacterianos procedentes del intestino, lo que puede favorecer una inflamación leve y transitoria. Además, algunas de las adaptaciones descritas parecen depender, al menos en parte, de la continuidad del estímulo, de modo que el cese del entrenamiento puede revertir parcialmente las modificaciones microbianas inducidas por el ejercicio (Allen et al., 2018; Clauss et al., 2021; Keohane et al., 2019; Mailing et al., 2019; Ticinesi et al., 2019).

Este trasfondo fisiológico ayuda a interpretar mejor la evidencia clínica, que no es uniforme entre los distintos trastornos digestivos. En dispepsia funcional, los datos recientes son favorables, aunque todavía no definitivos. Un metaanálisis reciente (Huang et al., 2025) encontró mejoría de síntomas, calidad de vida, calidad del sueño y depresión, sin eventos adversos graves comunicados, aunque la heterogeneidad de las intervenciones y de los comparadores obliga a interpretar los resultados con prudencia. En la misma dirección, una revisión sistemática posterior sobre terapias físicas en dispepsia funcional (Lipták et al., 2026) refuerza la posibilidad de que las intervenciones corporales alivien síntomas, pero analiza un conjunto más amplio que el ejercicio aeróbico en sentido estricto y, por ello, no permite establecer con precisión qué modalidad sería preferible. En el síndrome de intestino irritable, la evidencia es más constante, aunque su certeza sigue siendo muy baja. La revisión Cochrane de 2022 (Nunan et al., 2022) concluyó que la actividad física puede mejorar los síntomas globales del trastorno, aunque persistía una incertidumbre importante en relación con la calidad de vida y el dolor abdominal. Esta lectura coincide con el Seoul Consensus de 2025 (Choi et al., 2025), que sostiene que el ejercicio apropiado puede contribuir a mejorar los síntomas generales del síndrome de intestino irritable, con una recomendación débil y bajo nivel de evidencia, y con preferencia por modalidades suaves o moderadas, como caminar, yoga o ciclismo, frente a esfuerzos extenuantes.
En el estreñimiento, la evidencia disponible procede sobre todo de estudios de cohortes. Una revisión sistemática publicada en el Journal of Global Health (Cui et al., 2024) observó que los niveles moderados o altos de actividad física se asociaban con un menor riesgo de estreñimiento, lo que respalda la recomendación de promover movimiento regular, aunque no basta por sí solo para presentar el ejercicio como una intervención curativa específica en todos los pacientes con estreñimiento crónico. En la enfermedad inflamatoria intestinal, los estudios disponibles sugieren que el ejercicio puede actuar como una medida complementaria útil, sobre todo en pacientes estables, en remisión o con actividad leve. Un metaanálisis (Jones et al., 2022) encontró mejoría en la actividad de la enfermedad y beneficios en fatiga, función muscular, composición corporal, aptitud cardiorrespiratoria, densidad mineral ósea y bienestar psicológico, aunque no mostró una mejoría significativa de la calidad de vida específica de la enfermedad y la certeza de la evidencia fue baja o muy baja para varios desenlaces. Una revisión sistemática posterior (Sabir et al., 2024) también identificó mejoras en aptitud cardiorrespiratoria, actividad clínica, calidad de vida y salud mental, pero insistió en la necesidad de individualizar la prescripción y de contar con estudios más prolongados y comparables entre sí.
Muy distinta es la situación del sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado. En este contexto, las guías y revisiones de referencia siguen situando el manejo en el diagnóstico adecuado, la identificación y corrección de causas predisponentes, la corrección de déficits nutricionales y el tratamiento antibiótico cuando está indicado, sin atribuir al ejercicio un papel terapéutico específico. En conjunto, la evidencia disponible permite sostener que el ejercicio físico regular, preferentemente adaptado a la tolerancia del paciente y, en muchos contextos clínicos, de intensidad baja o moderada, puede actuar como herramienta complementaria útil en varios trastornos digestivos. Su respaldo clínico intervencional parece más consistente en el síndrome de intestino irritable y en la enfermedad inflamatoria intestinal estable; en el estreñimiento, la asociación es compatible con un posible beneficio, pero el soporte procede sobre todo de estudios observacionales; en dispepsia funcional, los resultados son prometedores, aunque todavía insuficientes para establecer una prescripción cerrada. En SIBO, por el contrario, la evidencia clínica directa sigue siendo insuficiente para fundamentar una recomendación específica (Pimentel et al., 2020; Quigley et al., 2020).

Por tanto, conviene no sobredimensionar el alcance clínico del ejercicio físico en patología digestiva: su utilidad parece contextual, complementaria y desigual según el trastorno estudiado. Precisamente por eso, la comprensión de estos cuadros exige incorporar también otros marcos explicativos, como el eje intestino-cerebro.
Los datos actuales respaldan la existencia de una interacción bidireccional entre la esfera psicológica y la función intestinal, aunque su expresión clínica y su relevancia varían según la patología. Este vínculo se describe con especial claridad en los trastornos de la interacción intestino-cerebro, categoría introducida por Rome IV[1] para cuadros como el síndrome de intestino irritable y la dispepsia funcional, en los que alteraciones de la motilidad, de la sensibilidad visceral, de la función inmune y del procesamiento de las señales entre intestino y cerebro participan en la génesis y el mantenimiento de los síntomas (Drossman & Hasler, 2016).
En este contexto, el estrés, la ansiedad y la depresión pueden modular la percepción del malestar digestivo y contribuir a su persistencia clínica, al tiempo que los síntomas intestinales crónicos pueden asociarse a un deterioro del bienestar psicológico y de la calidad de vida (Santos et al., 2025). En enfermedades intestinales orgánicas como la enfermedad inflamatoria intestinal, esta relación también parece relevante, aunque presenta una complejidad mayor, ya que la literatura reciente describe asociaciones entre inflamación intestinal, disbiosis, activación neuroinmune y una mayor carga de ansiedad y depresión, sin que ello autorice a reducir el problema a una explicación exclusivamente psicológica (Qian et al., 2025).
Por ello, la formulación más rigurosa consiste en reconocer que los factores emocionales pueden influir en la aparición, la intensidad y la persistencia de muchos síntomas digestivos y que, a la inversa, diversas patologías intestinales pueden asociarse a un deterioro significativo del bienestar psicológico dentro del marco del eje intestino-cerebro (Santos et al., 2025; Qian et al., 2025).
En El arte de cuidar de nuestro cuerpo trazamos la distinción necesaria entre dietética, nutrición y alimentación, para comprender, grosso modo, la importancia del acto de alimentarnos cuando este se orienta por el conocimiento y no por las modas ni por datos aislados que, siendo válidos en un plano concreto, se extrapolan indebidamente al conjunto. Cerremos esta entrada con un breve fragmento de esa obra: «Por último tenemos la alimentación o el conjunto de cosas que se toman o se proporcionan como alimento, es decir, la forma y manera de suministrar a nuestro cuerpo los alimentos; así que debemos entender esto como un proceso consciente y voluntario del que somos responsables, por lo tanto hablamos de que es educable. Es en este aspecto, en el arte de alimentarnos, donde debemos poner un foco atencional extra para implantar una adherencia a un patrón alimenticio saludable y evitar las “dietas milagro” como estrategias compensatorias de malos hábitos» (Valero, 2026).

Bibliografía:
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Clauss, M., Gérard, P., Mosca, A., & Leclerc, M. (2021). Interplay between exercise and gut microbiome in the context of human health and performance. Frontiers in Nutrition, 8, Article 637010.
Clarke, S. F; …et al. (2014). Exercise and associated dietary extremes impact on gut microbial diversity. Gut, 63(12), 1913–1920.
Cui, J., Xie, F., Yue, H., Xie, C., Ma, J., Han, H., Fang, M., & Yao, F. (2024). Physical activity and constipation: A systematic review of cohort studies. Journal of Global Health, 14, 04197.
Drossman, D. A., & Hasler, W. L. (2016). Rome IV—Functional GI disorders: Disorders of gut-brain interaction. Gastroenterology, 150(6), 1257–1261. https://doi.org/10.1053/j.gastro.2016.03.035
Estaki, M., Pither, J., Baumeister, P., Little, J. P., Gillen, J. B., Ghosh, S., & Gibson, D. L. (2016). Cardiorespiratory fitness as a predictor of intestinal microbial diversity and distinct metagenomic functions. Microbiome, 4, Article 42.
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Sabir, G., Abdelhady, H. A., Abakar, A. O., Gangavarapu, R. R., Mahmud, S. A., Manandhar, A., & Malasevskaia, I. (2024). The potential benefits of exercise in managing inflammatory bowel disease: A systematic review. Cureus, 16(9), e68948.
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Valero, A. (2026). El arte de cuidar de nuestro cuerpo. Ediciones Agoeiro.
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[1] Rome IV es una guía médica internacional que establece criterios para diagnosticar trastornos digestivos como el intestino irritable o la dispepsia funcional.

Cómo citar esta publicación:
Valero, A. (2026). Cuerpo, mente y salud digestiva. Alejandro Valero García. Disponible en: https://alejandrovalerogarcia.com/cuerpo-mente-y-salud-digestiva/