La publicación de IQ and the Wealth of Nations (Lynn & Vanhanen, 2002) expuso una correlación estadística entre inteligencia y prosperidad estableciendo una relación causal entre el intelecto y el progreso. La obra parte de la premisa de que las poblaciones con un cociente intelectual (CI) más bajo conforman sociedades menos desarrolladas; sin embargo, este fenómeno exige una lectura bidireccional, contemplando también cómo el propio subdesarrollo social produce niveles de CI más bajos.
En el clima actual, parte de la ciencia oficial[1] filtra la realidad: reconoce fenómenos como el descenso del CI en Occidente («Efecto Flynn Inverso»), pero se ve forzada a atribuirlos exclusivamente a causas ambientales, ignorando deliberadamente el impacto de los cambios demográficos y las tendencias disgénicas[2] sobre el capital cognitivo de las naciones, reduciendo su inteligencia colectiva. Tal deterioro del potencial intelectual se consolida mediante estrategias como la colonización del entretenimiento y los medios de comunicación, y una doble vara de medir: incentivos para los seguidores del dogma y escarnio para críticos y detractores (Bratsberg & Rogeberg, 2018; Rindermann, 2018).
Este sesgo de seguridad se extiende a la revisión histórica, imponiendo una visión higienizada que oculta el atraso civilizatorio de algunas sociedades. Se omiten sistemáticamente prácticas como el canibalismo, el despotismo y la esclavitud endémica para culpar de su falta de desarrollo tecnológico a terceros o a factores geográficos. Esta reescritura impide comprender que ciertas estructuras culturales brutales y teocráticas actuaron (y, en algunos casos, siguen actuando) como frenos internos al progreso. Se prefiere sostener sofismas como el mito del «buen salvaje»[3] antes que aceptar hechos incómodos, necesarios para diagnosticar los patrones idiosincrásicos que bloquean la prosperidad y diseñar estrategias que potencien el desarrollo general, y no solo el de lo que Acemoglu y Robinson —en su enriquecedora obra Por qué fracasan las naciones— (2012) definieron como élites extractivas.
En el presente, el terreno para el colapso educativo estaba ya abonado por lo que Ricardo Moreno Castillo (2006), a quien tuve la suerte de tener como profesor, define en su magnífico Panfleto Antipedagógico —de libre acceso, un regalo para quienes opten por buscarlo y leerlo— como la «peste de la nueva pedagogía», y que Inger Enkvist (2011) ratifica al comparar el declive de los sistemas occidentales frente a la exigencia asiática. El sistema fue secuestrado por ideólogos que sustituyeron el conocimiento y la memoria por una «pedagogía lúdica» vacía. Como denuncian ambos autores, esta filosofía es una estafa contra las clases bajas: al rico le queda la cultura de su casa, pero al pobre se le condena a la irrelevancia cognitiva bajo la excusa de la inclusión.
Sobre este sistema debilitado impacta la realidad de la inmigración masiva (legal e ilegal). Los datos de PISA son devastadores: en Europa, los estudiantes inmigrantes que proceden de sociedades menos desarrolladas arrastran una brecha de rendimiento de más de un año escolar respecto a los nativos (OECD, 2019). El sistema reacciona igualando por abajo[4]: la barrera idiomática y la procedencia de ambientes socioculturales más bajos obliga a simplificar contenidos (UNESCO, 2019), generando un «efecto par negativo» que lastra a los alumnos capaces de lograr un rendimiento mayor. Ante esto, la «huida de los nativos» (native flight) hacia la educación privada no es racismo —solo un ignorante o un mílite lo calificaría así—, sino una defensa legítima del capital educativo familiar (Gerdes, 2013).
Finalmente, el deterioro se traduce en una fractura social y económica. Harvard mostró una serie de estudios demostrando que la diversidad forzada erosiona drásticamente la «confianza social», haciendo que las comunidades se vuelvan recelosas y menos solidarias (Putnam, 2007). En lo económico, George Borjas (2016) ha probado que la inmigración de baja cualificación reduce los salarios de los trabajadores nativos más pobres, mientras que los datos del Ministerio de Finanzas de Dinamarca confirman que la inmigración no occidental supone, de media, un coste fiscal neto negativo de por vida para el Estado (Finansministeriet, 2021). Así, la población local sufre un doble expolio: ve mermados sus salarios por la competencia a la baja y desplazadas sus ayudas sociales (crowding out) hacia los recién llegados, generando un hastío justificado ante un sistema que sacrifica el mérito y la equidad fiscal en el altar de la corrección política. Este sentimiento se ve potenciado al formar parte de un Estado asimétrico que cada vez exige más y aporta menos, voraz e implacable en la recaudación, pero ausente en la retribución al ciudadano que lo sostiene —importante este último matiz—.
Esta postura, evidentemente, no se opone al fenómeno migratorio per se, sino que reivindica la primacía de la razón, a la que debemos lealtad como condición sine qua non para entender la realidad. Resulta imperativo comprender los mecanismos causales que la rigen para evitar ser aplastados por ella; la realidad es indiferente a los idealismos y subjetivismos. Una verdad inexorable que, paradójicamente, conocen a la perfección quienes mercadean con la ignorancia selectiva y promueven la estulticia social para perpetuar su dominio supeditando la razón a la emoción cuando esta les contradice.
De nuevo, recurrimos a un extracto de El arte de cuidar la mente para utilizarlo como colofón y resaltar que «cuando el objetivo es convencer y no educar, también es útil contar con sujetos poco exigentes intelectualmente que asuman un mensaje acríticamente. Cuando se proponen una serie de ideas que pueden sonar bien —sobre todo cuando desconocemos el tema tratado en cuestión o creemos conocerlo, sin ser realmente así—, pero que omiten aquellas dificultades que median para llegar a lo propuesto, así como las consecuencias colaterales que puedan acarrear y son aceptadas como buenas únicamente porque satisfacen una serie de requisitos emocionales», nos alejamos de la realidad y nos introducimos en la idealidad, totalmente incompatible con la primera y con el concepto de desarrollo o progreso —tanto individual como colectivo— (Valero, 2025).
Alejandro Valero.

Referencias Bibliográficas:
Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Why nations fail: The origins of power, prosperity, and poverty. Crown Business.
Borjas, G. J. (2016). We wanted workers: Unraveling the immigration narrative. W. W. Norton & Company.
Bratsberg, B., & Rogeberg, O. (2018). Flynn effect and its reversal are both environmentally caused. Proceedings of the National Academy of Sciences, 115(26), 6674–6679.
Enkvist, I. (2011). La buena y la mala educación: Ejemplos internacionales. Encuentro.
Eurydice. (2019). Integrating students from migrant backgrounds into schools in Europe. Publications Office of the European Union.
Finansministeriet. (2021). Økonomisk Analyse: Indvandreres nettobidrag til de offentlige finanser. Ministry of Finance (Denmark).
Gerdes, C. (2013). Does immigration induce “native flight” from public schools? Regional Science and Urban Economics, 43(1), 163-180.
Keeley, L. H. (1996). War before civilization: The myth of the peaceful savage. Oxford University Press.
Lynn, R., & Vanhanen, T. (2002). IQ and the wealth of nations. Praeger.
Moreno Castillo, R. (2006). Panfleto antipedagógico. Lector Universal.
OECD. (2019). PISA 2018 Results (Volume II): Where All Students Can Succeed. OECD Publishing.
Pinker, S. (2011). The better angels of our nature: Why violence has declined. Viking.
Putnam, R. D. (2007). E Pluribus Unum: Diversity and community in the twenty-first century. Scandinavian Political Studies, 30(2), 137-174.
Rindermann, H. (2018). Cognitive capitalism: Human capital and the wellbeing of nations. Cambridge University Press.
Rousseau, J.-J. (1755). Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes. Marc Michel Rey.
UNESCO. (2019). Global Education Monitoring Report 2019: Migration, displacement and education. UNESCO Publishing.
Valero, A (2025). El arte de cuidar la mente. McGraw-Hill — AULAMAGNA.

[1] Recordemos de El arte de cuidar la mente (Valero, 2025) que si hablamos con un científico vinculado con alguna ideología, ya sea por convencimiento o por comer de ella, dependiendo del tema tratado hablaremos con el científico o con el activista.
[2] El concepto de «disgenesia» en este contexto se refiere a la teoría de que si las personas con menor inteligencia tienen más hijos que las personas con mayor inteligencia, la inteligencia media de la población disminuirá genéticamente con el tiempo.
[3] Una construcción que figuras como Rousseau defendieron desde el subjetivismo sentimental ajeno a la empiria. El mito postula idealizadamente que el ser humano es bondadoso y pacífico en estado de naturaleza hasta que la civilización lo corrompe (Rousseau, 1755). No obstante, la evidencia arqueológica y antropométrica —se debería añadir otra variable: el sentido común— refuta esta visión, demostrando que esas sociedades idealizadas por el mito presentaban tasas de homicidio y violencia bélica inmensamente superiores a las de los estados modernos, siendo la estructura civilizatoria el factor pacificador (Keeley, 1996; Pinker, 2011).
[4] Cuando la igualdad se convierte en márquetin, es usada como tal y no como elemento equitativo, ni mucho menos solucionador. De ideas pueriles como esta florece el pensamiento Alicia, mediante el cual «una persona cuya capacidad analítica no haya sido estimulada podrá aceptar argumentos simplistas que satisfagan un nivel bajo de comprensión» (Valero, 2025).
Cómo citar esta publicación:
Valero, A. (2026). La crisis intelectual de la posmodernidad: ideología, deterioro educativo e ignorancia social. Alejandro Valero García. https://alejandrovalerogarcia.com/el-poder-del-saber/