Hoy les traigo una breve microlectura para compartir esta navideña y fría noche de lunes. Como lector empedernido, me gusta —siempre que es posible— crear una atmósfera acorde con el libro que tengo entre manos: a veces el silencio absoluto, otras la música, otras un entorno que dialogue con el texto. En mi última visita a la playa —no soy especialmente afín a la cultura playera, aunque adore el mar— llevé conmigo Moby Dick en su versión íntegra, una maravilla que saboree, en la mayoría del tiempo, con el golpeteo de las olas de fondo. Era la segunda vez que disfrutaba de la novela, pero aquella lectura me llevó a adquirir y leer otros textos vinculados a su autor y a su mundo: la biografía de Melville, el relato de Owen Chase sobre el Essex y el artículo de J. N. Reynolds sobre Mocha Dick, la ballena blanca del Pacífico.
Ese itinerario lector me permitió comprender con mayor claridad el peso de la experiencia vital de Herman Melville en su obra. En 1841 se enroló como marinero en el ballenero Acushnet, con el que navegó por el Atlántico y el Pacífico; durante ese viaje abandonó el barco en las Marquesas y convivió durante meses con poblaciones indígenas, vivencia que más tarde transformaría en su primer éxito literario, Typee (1846). A ese conocimiento directo del oficio ballenero se sumaron después las lecturas de Shakespeare y de la Biblia, que orientaron su escritura hacia una ambición trágica y simbólica culminada en 1851 con Moby-Dick, una novela concebida desde la experiencia material del mar, pero proyectada como reflexión filosófica. Ese trasfondo se inserta, además, en un contexto histórico preciso: la caza de ballenas como industria central en la Nueva Inglaterra del siglo XIX, articulada en torno a flotas y puertos como New Bedford y vinculada al suministro de aceite para iluminación y usos industriales en un régimen energético anterior a otras fuentes posteriores.
Pero hoy he venido a hablar, principalmente, de mi libro. Influido por esta lectura y por ese entramado histórico y literario, dediqué unas líneas —dentro del capítulo La historia (real) del San Telmo— a este mismo aspecto, como podrán leer, quizá también recordar, en las siguientes líneas:
«Por un lado, la Revolución Industrial provocaba una gran demanda de aceites169, lo que produjo una industria ballenera creciente (seguro que nos acordamos de la fantástica novela de H. Melville, Moby Dick) por una parte; y por otra, la demanda de pieles de foca por parte de China (compraba las pieles en abundancia, hasta 10 veces por encima de su valor). Ambas partes provocaron que barcos y marineros se desplazaran a regiones polares en busca de los cotizados animales, y tanto va el cántaro a la fuente que el Ártico se saturó, extendiendo la fiebre por esta práctica a la región austral, inicialmente menos concurrida y con el aliciente de ser abundante en caza.
Entre esos foqueros —o loberos, porque sobre todo eran lobos de mar lo que cazaban— que operaban en aguas antárticas, se encuentran los testimonios de numerosos barcos que decían haber visto restos de un naufragio, así como cuerpos de focas con señales de haber sido sacrificadas por el hombre en la isla de Livingstone e inmediaciones antes de que los cazadores pusieran un pie en aquellos territorios.»
Aventuras de la Historia (Valero, 2024)

169 – Por desgracia para muchos mamíferos marinos, el uso del aceite mineral como combustible era desconocido, por lo que la caza de ballenas comenzó a ser una profesión en auge, buscándose su grasa para extraer de ella el aceite, con numerosas utilidades que van desde la iluminación hasta el tratamiento y lubricación de materiales. El uso de estos aceites como combustible empezó a decrecer a gran velocidad a mediados del s. XIX con el empleo del queroseno a partir del carbón, a lo que le sucedió el descubrimiento del llamado oro negro: el petróleo.