En los últimos años, el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (más conocido como SIBO) ha ganado una visibilidad notable en el discurso sobre salud digestiva, a menudo con una simplificación que no siempre se corresponde con la complejidad clínica real. A ello se añade que las pruebas de aliento utilizadas en su estudio presentan limitaciones diagnósticas relevantes —con sensibilidad variable y posibilidad de falsos negativos—, de modo que conviene examinar con rigor qué es este cuadro, cómo debe interpretarse y qué lugar ocupa realmente la dieta en su abordaje.
El SIBO no debe entenderse como un desorden “microbiano” vago o autosuficiente, sino como un síndrome clínico en el que los síntomas, los signos y, en ocasiones, ciertas alteraciones analíticas se atribuyen a un aumento del número de bacterias o a cambios en la composición de la población microbiana del intestino delgado (Quigley et al., 2020; Pimentel et al., 2020). Su aparición suele relacionarse con factores que favorecen la estasis luminal[1] o comprometen los mecanismos fisiológicos de defensa del tubo digestivo, como las alteraciones anatómicas, los trastornos de la motilidad, la hipoclorhidria, algunas enfermedades sistémicas y determinadas intervenciones quirúrgicas (Guardiola-Arévalo et al., 2025; Barlow & Pimentel, 2025). En ese contexto, la carga microbiana característica del intestino delgado puede alterarse, con la consiguiente aparición de distensión abdominal, meteorismo, dolor, diarrea o, en algunos casos, estreñimiento, además de manifestaciones de malabsorción y deterioro nutricional cuando el cuadro es más intenso o prolongado (Quigley et al., 2020; Guardiola-Arévalo et al., 2025).
En este escenario, la dieta desempeña un papel relevante, pero no debe presentarse como una solución etiológica[2] por sí sola. La dieta baja en FODMAP puede reducir la intensidad de síntomas como la distensión, el dolor o la hinchazón al disminuir la disponibilidad de sustratos fermentables, aunque la mayor parte de la evidencia de alta calidad sobre su eficacia procede de pacientes con síndrome de intestino irritable y de otros trastornos gastrointestinales, no de poblaciones con SIBO aislado (Kuźmin et al., 2025). Además, la literatura disponible advierte de que una restricción mantenida puede asociarse a efectos poco deseables, entre ellos una reducción de la diversidad microbiana y un posible agravamiento de la disbiosis[3], por lo que su empleo debe ser limitado en el tiempo, seguido de reintroducciones planificadas y supervisado por profesionales con experiencia en patología digestiva (Velasco-Aburto et al., 2025; Wielgosz-Grochowska et al., 2022). Su función más razonable, por tanto, es la de una herramienta sintomática transitoria integrada en una estrategia terapéutica más amplia.
Los trabajos más recientes refuerzan precisamente esa perspectiva integradora. En una cohorte de práctica clínica real, Liébana-Castillo y colaboradores (2025) observaron mejorías sostenidas en síntomas y calidad de vida cuando el abordaje combinaba tratamiento farmacológico, intervención dietética y medidas dirigidas a la microbiota y a la permeabilidad intestinal, aunque el propio diseño del estudio no permite aislar con precisión el peso de cada componente terapéutico. En paralelo, un ensayo clínico reciente realizado en pacientes con síndrome de intestino irritable —incluyendo una parte de pacientes con SIBO— (Chuah et al., 2026) mostró que la rifaximina[4] y la dieta baja en FODMAP alcanzaban una eficacia global similar a las cuatro semanas, si bien la rifaximina proporcionaba un alivio más rápido y una mejor adherencia; aun así, la extrapolación directa de esos resultados al SIBO debe hacerse con cautela, ya que solo una parte de la muestra presentaba este trastorno.
En conjunto, la evidencia disponible sugiere que el manejo del SIBO exige una estrategia clínica individualizada que combine, cuando esté indicado, la identificación y corrección de los factores predisponentes, el tratamiento médico de los pacientes sintomáticos y una intervención dietética temporal, estructurada y supervisada (Quigley et al., 2020; Pimentel et al., 2020). En este contexto, la educación nutricional resulta clave, porque permite aplicar la dieta con criterio clínico, mejorar la adherencia, evitar restricciones innecesariamente prolongadas, orientar la reintroducción de alimentos y preservar la calidad global de la alimentación (Velasco-Aburto et al., 2025). La dieta, por tanto, no resuelve por sí sola la causa del trastorno, pero cumple una función relevante dentro de un abordaje terapéutico más amplio y coherente (Quigley et al., 2020; Velasco-Aburto et al., 2025). Los datos de práctica clínica disponibles refuerzan además la utilidad de un enfoque integral, aunque no permitan aislar con precisión el peso de cada componente del tratamiento (Liébana-Castillo et al., 2025).
Tal como apunta la Asociación Americana de Gastroenterología (Quigley et al., 2020), una vez controlados los síntomas resulta fundamental mantener una alimentación bien orientada y un seguimiento nutricional adecuado, con el fin de preservar la mejoría clínica, prevenir déficits y guiar la reintroducción progresiva de alimentos según la tolerancia individual. Por aspectos como el tratado en esta publicación, donde la dieta solo es una de las partes que conforma el cuidado de nuestra salud, debemos practicar principalmente la diaita, «…un vocablo del griego antiguo cuyo significado podría traducirse como “estilo de vida”, utilizada por filósofos como Platón o Aristóteles para referirse a una manera de vivir equilibrada marcada por hábitos saludables, incluyendo la alimentación, pero con base también en otros aspectos como el ejercicio físico, mantenerse alejado de los excesos, etc» (Valero, 2025).

Dado el importante papel que juega la alimentación en tales circunstancias, será objeto de una próxima publicación específica orientada a aclarar las dudas más frecuentes y a precisar sus implicaciones prácticas.
Bibliografía:
Barlow, G. M., & Pimentel, M. (2025). Modern concepts of small intestinal bacterial overgrowth. Current Opinion in Gastroenterology, 41(6), 399–408.
Chuah, K. H., Loo, Q. Y., Loh, A. J. C., Leong, J. Y., Chan, W. L., Khoo, X. H., Wong, K. L., Panirsheeluam, S., Natarajan, V., Ng, A. K., Abdul Majid, H., & Mahadeva, S. (2026). Clinical trial: Rifaximin versus low FODMAP diet in irritable bowel syndrome. Alimentary Pharmacology & Therapeutics, 63(2), 210–221.
Guardiola-Arévalo, A., Mascort Roca, J., Noguerol Álvarez, M., Carrillo Muñoz, R., Mendive Arbeloa, J. M., & Amador Romero, J. (2025). Small intestine bacterial overgrowth: Myths and realities. Atención Primaria, 57(4), 103201. https://doi.org/10.1016/j.aprim.2024.103201
Kuźmin, L., Kubiak, K., & Lange, E. (2025). Efficacy of a low-FODMAP diet on the severity of gastrointestinal symptoms and quality of life in the treatment of gastrointestinal disorders: A systematic review of randomized controlled trials. Nutrients, 17(12), 2045. https://doi.org/10.3390/nu17122045
Liébana-Castillo, A. R.; … et al. (2025). Should we treat SIBO patients? Impact on quality of life and response to comprehensive treatment: A real-world clinical practice study. Nutrients, 17(7), 1251.
Pimentel, M., Saad, R. J., Long, M. D., & Rao, S. S. C. (2020). ACG clinical guideline: Small intestinal bacterial overgrowth. The American Journal of Gastroenterology, 115(2), 165–178.
Quigley, E. M. M., Murray, J. A., & Pimentel, M. (2020). AGA clinical practice update on small intestinal bacterial overgrowth: Expert review. Gastroenterology, 159(4), 1526–1532.
Valero, A. (2025) El arte de cuidar la mente. McGraw-Hill—AULAMAGNA.
Velasco-Aburto, S., Llama-Palacios, A., Sánchez, M. C., Ciudad, M. J., & Collado, L. (2025). Nutritional approach to small intestinal bacterial overgrowth: A narrative review. Nutrients, 17(9), 1410.
Wielgosz-Grochowska, J. P., Domanski, N., & Drywień, M. E. (2022). Efficacy of an irritable bowel syndrome diet in the treatment of small intestinal bacterial overgrowth: A narrative review. Nutrients, 14(16), 3382.

[1] La estasis luminal es el enlentecimiento o estancamiento del contenido intestinal, de modo que avanza peor de lo normal y favorece la fermentación y el sobrecrecimiento bacteriano.
[2] Debemos adoptar una estrategia que actúe sobre la causa del problema y no solo sobre sus síntomas, lo que implica no ceñirse a la medicación (si esta es pautada por el especialista) ni solo en la dieta (cuando es necesario recurrir temporalmente a la administración de algún medicamento, como puedan serlo los antibióticos).
[3] La disbiosis es un desequilibrio de la microbiota intestinal que puede favorecer síntomas como hinchazón, gases, dolor abdominal, diarrea, estreñimiento o cambios en el ritmo intestinal.
[4] La rifaximina es un antibiótico de acción intestinal y absorción mínima que se utiliza para reducir ciertas bacterias del tubo digestivo.
Cómo citar esta publicación:
Valero García, A. (2026). SIBO y salud digestiva. Alejandro Valero García. Disponible en: https://alejandrovalerogarcia.com/sibo-y-salud-digestiva/